Yesa, los viejos mantras y los despabilados

José Manuel Nicolau, profesor de Ecología

yesa_grietas_2007-01.jpgSe vienen produciendo desde este verano declaraciones de tono subido y hasta irrespetuosas –algunas disculpadas después- por parte de políticos partidarios del recrecimiento de Yesa, como reacción a las medidas adoptadas por el Ministerio de Medio Ambiente. Las medidas ministeriales han sido: a) no tomar todavía la decisión sobre la exigencia o no de realizar la Evaluación de Impacto Ambiental para el modificado 3 del proyecto; b) encargar un estudio geológico sobre la ladera izquierda, deslizada en agosto de 2006 y todavía en movimiento; y c) estudiar las alternativas técnicas para impermeabilizar el flanco derecho de la presa, cuyo coste preliminar se ha estimado en un 20% del presupuesto de la obra, por lo que para su aprobación se requiere del informe favorable del Consejo de Estado. Se trata de cuestiones que afectan, respectivamente, a la adecuación ambiental del proyecto, a la seguridad de la obra y a su mera funcionalidad técnica para retener el agua represada.

La primera reflexión que uno se hace, desde el sentido común, es: y después de 22 años de tramitación del proyecto ¿todavía no se sabía que la presa diseñada no iba a ser capaz de retener el agua del río allí donde se pretende ubicar? ¿Ni tampoco cómo se iban a comportar las laderas al empezar las obras (y el llenado)? ¿Entonces, en qué se ha ido el tiempo? ¿Y con un sobrecoste –por el momento- del 20%, no sería pertinente revisar la rentabilidad del proyecto?

Las autoridades no han explicado nada al respecto de estas preguntas. Se mantienen en el viejo “mantra”: “Yesa es la única alternativa para que Bardenas tenga futuro”.

Y uno entonces recuerda otras propuestas que gozaron de un amplio apoyo de partidos políticos y poderes mediáticos aragoneses, pero que posteriormente fueron juzgadas inconvenientes o inviables, como la presa de Campo –inundando 3 pueblos-, la de Comunet –técnicamente inviable-, la de Jánovas –ambientalmente inconveniente-, la de Santaliestra –sin las suficientes garantías de seguridad-, la propuesta inicial de regadíos en Monegros Sur –recortada por la U.E. para proteger las ZEPAs-, el Canal de la margen derecha –gran ensoñación- y así unas cuantas más. En todos los casos el “mantra” era el mismo que ahora con Yesa.

Desde hace unos años siempre me acompaña la misma pregunta ¿Por qué personas inteligentes se mantienen en esos rígidos planteamientos, en los tiempos de la Directiva Europea del Agua, que prioriza el Buen Estado Ecológico de los Ríos sobre otros usos? ¿Por qué esa tozudez simplista de “esto o nada”, cuando todos sabemos que la vida no es así?

Y uno no puede dejar de pensar en los agricultores que sólo quieren ser agricultores. Y regar, producir y ganarse honradamente la vida. Ya estarían disfrutando de más caudales del río Aragón si, en vez del empecinamiento con el recrecimiento, se hubiese optado por la regulación en tránsito en la propia zona de riego.

Quizá otros –más largos- estén intentando asegurarse con el recrecimiento un mayor y mejor control sobre las aguas del río Aragón, dado el privilegio que para un territorio poseedor de la concesión del agua del río, supone y aún supondrá más en el futuro, disponer de un recurso tan escaso y estratégico.

Las Comunidades de Regantes aprovechan el agua pirenaica para producir electricidad, además de para la producción agrícola, y ya la pueden vender a otros usuarios y, en el futuro, también para otros usos. Esto deberá ser objeto de revisión, pues la “cesión” de los ríos pirenaicos a los regantes por la Ley de 1915 pudo tener sentido en un contexto de graves carencias alimentarias que se pretendían resolver mediante la producción agrícola en regadío. Hoy en día han surgido nuevas demandas –turismo, bienestar emocional, funcionalidad ecológica- y nuevos usuarios que exigen derechos concesionales.

En la Comisión del Agua, la posición del Pirineo fue la de no cuestionar tanto las demandas de agua de los regantes sino más bien el lugar donde almacenarla, exigiendo que se guarde en las propias comarcas del regadío. Algo así como “agua a cambio de territorio”. Esto no ha sido aceptado y sólo se han ofrecido compensaciones y evitar la inundación de pueblos. Sin embargo, el “agua a cambio de territorio” ha sido la única fórmula que ha propiciado un acuerdo entre montañeses y regantes. Sucedió en Santaliestra por imposición judicial.

Este empecinamiento debería acabar si de verdad queremos ser una Comunidad de referencia en la gestión del agua. Y, consiguientemente, ponernos manos a la obra con los grandes retos que establece la Directiva Marco ¡que privilegia el uso ambiental sobre otros!, los retos que se derivan de las nuevas demandas de la sociedad respecto de los ríos y los retos que impone la naturaleza en cambio.

Con relación a estos últimos, conviene recordar que nuestros ríos están perdiendo caudales por los cambios de usos del territorio sucedidos tras el abandono rural: los antiguos bancales y montes repelados se han ido vistiendo de vegetación natural y de repoblaciones que consumen mucha agua, que ya no baja por los ríos, si no que es devuelta a la atmósfera. Entre un 15-20%. Y que llevarán aún menos agua por los efectos del cambio climático. Entre un 10-20% adicional. Es decir, la tarta a repartir va a ser más pequeña. ¿No deberían ser éstas las cuestiones a abordar superando de una vez los simplistas y obsoletos mantras?

Artículo publicado en el Diario del Alto Aragón, 3 de noviembre de 2007

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